Foucault cambió el tubo de Arago por un espejo situado a diez kilómetros para medir la velocidad de la luz en el aire.
Desde un arco eléctrico se emitía la luz, pasándola antes de enviarla al espejo por una rueda dentada que giraba a una velocidad regulable. Enviando esos destellos y graduando la velocidad podían, calculando el tiempo de giro a la velocidad que llevaba la rueda y sabiendo la distancia que había recorrido la luz, obtener un valor de la velocidad de la luz. Obtuvo uno próximo al que aceptamos hoy día, pero no exacto.
Su conclusión, contraria a la de Arago, fue que la luz se movía más deprisa por el aire que por cualquier otro media más denso.
En su época se tomó como cierta su teoría, rechazando la de Arago. Pero años después la teoría corpuscular, la de Arago, revivió.
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No queda claro que el que tiene razón actualmente es Foucault: la luz va más deprisa en el aire que en el agua.
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